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¿Es el conocimiento científico
superior a los otros saberes humanos?
Jesús
Peña Cedillo *
El conocimiento científico ha
consolidado a lo largo de la historia de la humanidad (y particularmente
en etapas recientes) un status que lo ha convertido en criterio
último para la definición de lo que es verdadero o
útil. Tal situación, que de entrada es problemática,
se agrava por el hecho de que generalmente se encuentra acompañada
por el menosprecio que muchos de los cultores de esa preeminencia
hacen de cualquier otra forma de conocimiento.
Pero, ¿realmente se justifica
tal pretensión? Sin ánimo de ser exhaustivos, adelantaremos
en este trabajo algunos de los argumentos que se presentan a favor
y en contra de ese status preeminente, con la finalidad última
de profundizar en el entendimiento de por qué en nuestras
sociedades a la hora de promover el avance social y económico,
se requiere impulsar acciones que auspicien la integración
del quehacer científico y de las comunidades que lo encarnan
con el resto de la sociedad y la cultura, acciones que hagan entender
que la ciencia no es un área especial aislada del resto de
la vida social, y que resalten que es inútil e incluso peligroso
pretender que todo aquello que no es científico debe ser
paulatinamente sustituido por lo científico.
El status especial del conocimiento
científico
Desde una perspectiva material, la
ciencia ha sido vista como la clave para la superación de
los problemas de la humanidad. Decía Nehru que "la ciencia
sola puede resolver los problemas del hambre y la pobreza, de la
locura y el analfabetismo, de la superstición y las costumbres
y tradiciones degradantes, de vastos recursos que se malgastan,
de un país rico habitado por gente hambrienta.... El futuro
pertenece a la ciencia y a aquellos que se hacen amigos de la ciencia"
(Nehru, 1960). Incluso más allá de lo material, algunos
pensadores han llegado a plantear que los valores que se consideran
propios de la práctica de las comunidades científicas
(tolerancia, búsqueda de la verdad, cooperación, diálogo
abierto, etc.) deberían servir de ejemplo de lo que debe
ser una comunidad moral (Rapaport, 1957).
Puede señalarse que co-existen
por lo menos cinco afirmaciones acerca de la ciencia que la hacen
aparecer como un dechado de virtudes tanto morales como materiales
(y aquí seguimos de cerca a Sorell, 1993):
-
La ciencia está unificada o es unificable
-
No hay límites para la ciencia
-
La ciencia ha tenido un enorme éxito
en la predicción, explicación y control
-
Los métodos de la ciencia confieren
objetividad a los resultados científicos
-
La ciencia ha sido beneficiosa para los seres
humanos
Que la ciencia está
unificada o sea unificable implica
que es posible derivar las leyes de una teoría a partir de
las leyes de otra teoría, o que los términos teóricos
de una teoría pueden ser definidos en términos de
otra. De hecho, en muchos ámbitos sigue considerándose
como una tarea realizable la eliminación de las distancias,
que a algunos parecen insalvables, existentes entre las ciencias
naturales y las ciencias sociales. En buena medida (y como parte
de la consideración de que la ciencia tiene un status especial),
muchos todavía sostienen que las ciencias sociales solo serán
verdaderas ciencias cuando adquieran las características
de las ciencias naturales.
Plantear que no hay límites
para la ciencia es afirmar, junto con Carnap (1967), que "no
hay ninguna pregunta cuya respuesta sea, en principio, inalcanzable
para la ciencia". Sin duda un postulado fundamental para defender
las características especiales de un conocimiento que se
erige como superior a los demás saberes. De hecho, es el
punto de partida para plantearse como valiosa la sustitución
de los demás saberes por el saber proveniente de la ciencia,
ya que todo sería susceptible de ser conocido científicamente.
Es innegable el éxito de
la ciencia en la predicción, explicación y control
de innumerables fenómenos, contribuyendo así de
manera decisiva a la comprensión de nuestro mundo y a la
utilización del conocimiento por ella generado para una más
eficiente -o por lo menos mayor- explotación de la naturaleza.
No es extraño encontrar afirmaciones como la de Nehru acerca
del progreso permanente de la humanidad de la mano del conocimiento
generado por la ciencia.
Una afirmación profundamente
internalizada por las mentes humanas en prácticamente todas
las sociedades modernas es que 'los métodos de la ciencia
confieren objetividad a los resultados científicos',
esto es, del método científico se deriva una condición
de verdad, de arbitraje acerca de lo realmente existente, incluso
desde las perspectivas falsacionistas.
Que la ciencia ha sido beneficiosa
para los seres humanos (o su correlato, que la ciencia en sí
misma no es negativa, en todo caso los hombres pueden hacer mal
uso de ella) es una tesis sustantiva para defender el status especial
del conocimiento derivado de la práctica científica.
Sólo a partir de su afirmación, es posible plantearse
la superioridad de tal conocimiento frente a cualquier otro tipo
de manifestación del saber (el arte, la ética, la
filosofía, la religión, la historia, la política
o cualquier conocimiento natural no mediado por un método
explícito). Más allá de la sola afirmación
del éxito de la ciencia en proporcionar beneficios a la humanidad
-planteamiento aceptable, cuando no irrebatible-, lo que nos interesa
destacar para nuestra discusión es el corolario que plantea
que los demás tipos de saberes son, en términos relativos,
o menos beneficiosos o francamente perjudiciales, y que la ciencia
los puede sustituir con ventaja.
Estas cinco creencias, tomadas en conjunto
y realimentándose unas con las otras, son las que apuntan
a considerar que, efectivamente, al conocimiento generado por la
práctica científica debe asignársele un status
claramente superior al resto de los saberes; pero, ¿es realmente
la ciencia la rama maestra del saber?
La crítica 'débil' del status del conocimiento científico
Ya hace varios siglos se han propuesto
alternativas de interpretación acerca del status del conocimiento
generado por la ciencia. Desde una de esas perspectivas se posiciona
críticamente a la ciencia, sin desmeritarla, apelando al
realce de las bondades de los otros tipos de saberes. Desde otra
perspectiva, el reposicionamiento de la ciencia se busca a partir
de la crítica acerba de esta práctica.
Denominamos aquí como crítica
'débil' aquella que no desconoce que la ciencia es efectivamente
una práctica que genera un conocimiento valioso y/o que su
papel en la sociedad es extremadamente importante, pero que reconoce
la existencia de otros tipos de saberes que, por separado o convergiendo
con la ciencia, juegan un papel de igual o mayor trascendencia.
Este tipo de postura puede rastrearse
desde Platón mismo (entendiendo, por supuesto, la dificultad
de equiparar los términos Episteme y Doxa con
los modernos 'ciencia' y 'opinión', respectivamente). En
Menón 96-98 (Platón, [s. IV AC] 1980), discute
Sócrates la naturaleza de Areté (virtud??y
se intenta precisar si ella es ciencia. En caso de serlo sería
enseñable y si lo es deberían encontrarse maestros
de Areté. Al no cumplirse esta última condición
se deduce que Areté no es ciencia. Pero de todas maneras
existen los hombres virtuosos, lo que obliga a Sócrates a
introducir el término 'recta opinión' u 'opinión
verdadera', para designar aquel tipo de opiniones que, sin ser ciencia,
son tan útiles como esta última en cuanto a la
rectitud en el obrar. De esta manera es como se puede entender
cómo se conjugan en Areté las propiedades de
ser útil y no enseñable.
Con este planteamiento Platón
está introduciendo en el orden del conocimiento un nuevo
nivel: la opinión verdadera. Constituye esto una auténtica
revolución en el pensamiento de la época, dominado
por la postura parmenídea según la cual Doxa
es sinónimo de ignorancia y opuesta por completo al 'camino
de la verdad'. Por el contrario, Platón le da a la opinión
verdadera un valor positivo en el ámbito del conocimiento
al punto de llegar a señalarla como igualmente valiosa que
la ciencia en cuanto a resultados prácticos se refiere.
En Kant encontramos igualmente referencias
a un saber actuar que sirve de contrapeso al valor que se asigna
a la ciencia. Ciertamente, Kant valora ampliamente el conocimiento
científico, pero replantea el concepto de razón baconiano,
de manera tal que en su seno coexisten lo teórico y lo práctico
sin que esto último sea asimilado por (o subordinado a) lo
primero. Tal vez lo más sustantivo de su planteamiento es
que las ciencias teóricas y prácticas son valoradas
de igual manera que la estética, por ejemplo, en la medida
que todos esos saberes contribuyen al perfeccionamiento moral del
ser humano (Kant, 1984).
Cabe hacer mención aquí
a lo que podríamos considerar las facultades de la mente
que están en juego cuando intentamos jerarquizar los saberes
que a partir de ellas se generan. En Kant se reconocen al menos
tres facultades de la mente como distintas: el conocimiento (a su
vez dividido en razón, entendimiento y sensibilidad), el
deseo y el placer. Desde la perspectiva kantiana el conocimiento
no es de ninguna manera la única fuente de toda la ciencia,
ni se considera a la ciencia la fuente de todo nuestro bienestar
(Cassirer, 1978).
El conocimiento, como facultad de la
mente, es sin duda de gran valor, nos permite satisfacer mejor nuestros
deseos, pero su valor como medio no puede considerarse superior
a una capacidad que nos conduzca a elegir fines. Es por ello que
Kant sustenta en la razón práctica el auténtico
bienestar de los hombres, pero al mismo tiempo asocia esta razón
no con la facultad mental del conocimiento sino con la del deseo
(lo que en el esquema de Bacon serían la voluntad y el apetito
y en Descartes una perturbación del alma, en ambos casos
facultades absolutamente desconectadas de la razón).
Más contemporáneamente,
Gurvitch plantea que en las sociedades globales, o por lo menos
en los grupos de gran envergadura que en ella existen (Estado, Iglesia,
partidos políticos, etc.), se conforman marcos sociales
para el conocimiento (Gurvitch, 1969), lo cual conduce a matizar
el status privilegiado del saber científico.
El papel de estas masas sociales hace
que se afirmen como muy valiosos dos tipos de conocimiento ajenos
a lo propiamente científico: el conocimiento perceptivo (que
afirma como verdadero un conjunto coherente de imágenes ubicadas
en amplitudes y tiempos concretos y específicos) y el conocimiento
político (que no es ciencia ni doctrina política,
sino capacidad estratégica de acción social). Por
su parte, las posibilidades de revelación del conocimiento
científico y técnico al interior de estas masas sociales,
se reducen frecuentemente a su difusión y popularización.
Este reconocimiento coloca la discusión
en el terreno más realista de la valoración de los
conocimientos en comunidades diferentes a las científicas
o las 'ilustradas', que al contrario de éstas no equiparan
valor con cualidades de 'verificación'. El valor y la utilidad
social asignada por otros grupos sociales, no necesariamente coincide
con el valor y la utilidad social considerada en las élites
científicas. Una razón práctica (no necesariamente
moral, del tipo kantiano) coloca en lugar privilegiado otros conocimientos
no necesariamente convergentes con el científico.
Las divergencias pueden en determinados
momentos ser muy amplias, debido a que estas formas de saber (perceptivo
y político) también se fundamentan en maneras de procesar
la información muy diferentes. Las masas sociales favorecen
las formas simbólicas, especulativas y colectivas. Se conceptualizan
fundamentalmente símbolos políticos formulados como
mitos que llaman a la acción. Destaquemos que una característica
esencial del conocimiento político es su tendencia a predominar
sobre cualquier otra clase de saber.
Pero aquí es donde surgen características
muy peculiares del momento actual que abren puertas para la convergencia
entre estos conocimientos, claramente no científicos, y el
conocimiento científico mismo; quedando de alguna manera
la tesis de Gurvitch superada.
Señala Habermas (1992) que,
a lo largo de la historia, las culturas 'superiores' (civilizaciones),
todas sustentadas en una economía dependiente de la agricultura
y de la artesanía, pese a sus considerables diferencias han
coincidido en sólo tolerar dentro de determinados límites
las innovaciones científicas, técnicas y organizativas
(de hecho, en los últimos 300 años no era posible
reconocer a ningún sistema social importante con una productividad
superior a los 300 dólares por año).
Pero todo este equilibrio se ha roto
con las sociedades industriales modernas, y la tendencia en estos
momentos es a acelerar el proceso (de hecho, las sociedades desarrolladas
están incorporadas a una aceleradísima carrera por
la construcción de 'sociedades del conocimiento'). Esto ha
venido acompañado de un fenómeno en el cual la racionalidad
del progreso económico sustentado en la ciencia y la técnica
se ha convertido en una amenaza abierta para la autoridad de las
tradiciones culturales legitimadoras del dominio.
Pero el sistema tiene en sí
mismo la solución. Ofrece una legitimación del dominio
que no es necesario hacer bajar del cielo, sino que es extraída
del trabajo social mismo y de instituciones propias de la vida colectiva,
como el mercado. Pero en este proceso el conocimiento científico
se funde y se confunde con el conocimiento político y adquiere
algunas de las características que hemos señalado
para este último, incluyendo su tendencia a predominar sobre
cualquier otra clase de saber.
Tenemos entonces que el status superior
del conocimiento científico sigue siendo reconocido, pero
ahora ese status no proviene solamente de los elementos enumerados
en anterior oportunidad (en particular sus bondades para con la
humanidad), sino que se fundamenta igualmente en su papel como elemento
del juego político. Pero esta reivindicación de superioridad
es espuria, debido a que en este mismo proceso el conocimiento científico
deja de ser científico en sentido estricto (como quiera que
se entienda esto: desde la perspectiva positivista o post-positivista,
ajustado estrictamente a un método o flexible dentro de sus
características neo-paradigmáticas), ya que, como
diría Marcuse (1968), la ciencia y la técnica, al
final de cuentas, terminan adoptando también el papel de
una ideología.
Incluso esta convergencia del conocimiento
científico con el político, puede generalizarse a
la luz de las nuevas propuestas acerca de la ciencia (Martínez
Miguélez, 1997, 1999), ya que éstas abren las puertas
para acercamientos considerados como aberrantes durante el reinado
del positivismo.
Es así como ahora es plausible
señalar que es sólo una convicción equívoca
pensar que sobre ciencia sólo es posible discurrir a través
de lo 'racional' y no de lo imaginativo. Por el contrario, si se
admite que a la ciencia es posible llegar a través de imágenes
como a través de conceptos, o más aún, a través
de signos que en sí mismos son significantes e intercambiables,
es posible borrar los límites absolutos entre el mundo del
mito, el mundo del arte y el mundo de la ciencia (Dorfles, 1969).
Y aquí toda postura que intente sobreponer la ciencia a los
otros saberes humanos es realmente un sinsentido.
La crítica 'fuerte' del status del conocimiento científico
Pero existe otro tipo de crítica
que vale la pena poner sobre el tapete. Denominamos crítica
'fuerte' aquella crítica que se abstiene de reconocer no
sólo la necesidad de la preeminencia del conocimiento científico,
sino que niega directamente los beneficios que éste aparentemente
provee. Estas críticas pueden resumirse (y seguimos de nuevo
a Sorell, 1993), en las siguientes afirmaciones:
-
La ciencia es una demostración de arrogancia.
-
La ciencia es una fuente de fines malos y
perversos
-
La ciencia conduce a la insensibilidad.
-
La ciencia está en el origen de la
decadencia.
-
La ciencia acaba con el sentido de la vida.
Sin duda, y entramos de lleno dentro
de una perspectiva moral, existen interpretaciones en contra de
la ciencia porque la suponen emparentada con el pecado de la arrogancia.
La afirmación clave es que 'la ciencia es un intento impío
de hacer inteligible la actividad humana a un entendimiento humano
inadecuado' (Sorell, 1993). Entre algunos de los elementos que pueden
extraerse en esta línea de pensamiento tenemos:
-
Existen conocimientos cuya adquisición
es dañina, pero que la ciencia -por su arrogancia-
presenta en sentido contrario (por ejemplo, la desobediencia
de Adán frente al árbol del conocimiento, crítica
presente en la Biblia).
-
Existen conocimientos que no se necesitan
y para cuya adquisición no estamos dotados; que los
hombres intenten alcanzar tal conocimiento es considerada
una desviación del espíritu (por ejemplo, la
creencia en que los poderes intelectuales del hombre bastan
para descubrir las causas de las cosas, crítica presente
en Rousseau)
-
La directa afirmación de que el conocimiento
es en sí mismo negativo (por ejemplo, porque atentan
contra la simplicidad de las Sagradas Escrituras, crítica
presente en Agrippa von Nettelsheim o en Montaigne)
Desde otra perspectiva, se considera
que la ciencia es fuente no sólo de perjuicios, sino también
de perversidades y malos fines. Se señala aquí
que la ciencia es utilizada incluso para propósitos genocidas
y de destrucción masiva. La crítica va más
allá de la plausible defensa en el sentido de que todo depende
de en qué manos está el uso del conocimiento generado.
Realmente el sentido de la crítica se dirige a que la ciencia
crea riesgos que son perfectamente previsibles y aun así
los científicos siguen adelante, y no vale cuanto se excusen
o cuantas previsiones demuestren estar tomando. La culpa radica
en que con la actividad científica se crean las opciones
para el mal, y la historia parece demostrar que siempre existe alguien
dispuesto a sacarle provecho a esas alternativas dañinas
(muchos científicos alemanes se prestaron voluntariamente
y/o por afinidad ideológica a teorizar y ejecutar experimentos
genéticos y eutanásicos de raigambre nazi, incluso
en etapas tan tempranas como 1908 (Müller-Hill, 1988); más
recientemente el poder atómico ha tentado a muchos políticos
a una fácil utilización del mismo, y hoy en día
el ejercicio del terrorismo nuclear, biológico y económico
está al alcance de muchos).
La insensibilidad ha formado
parte de lo que se considera el ethos científico. En buena
medida esto surge lógicamente como una coletilla de su pretendida
objetividad absoluta, que postulaba la inaceptabilidad del involucramiento
del investigador en sus experimentos. De una manera más general,
se plantea que la pretensión de la ciencia de construir un
conocimiento que identifica a los seres vivientes como configuraciones
de átomos, células, genes, etc., aleja su acción
de cualquier consideración que apele al sentimiento humano.
Se trata de que alimenta, aunque sea indirectamente, una concepción
clínica de la gente, lo que deja el paso libre a múltiples
manifestaciones malignas incapaces de diferenciar la intervención
sobre un objeto inanimado frente a la que se propone sobre un ser
humano. La ciencia propicia que sus practicantes consideren de manera
totalmente impersonal a sus semejantes, y esto se hace particularmente
cierto en la manera como muchos individuos asumen, por ejemplo,
la relación doctor-paciente en la actividad médica.
Debe señalarse que un caso que se encuentra en nuestro horizonte
inmediato es la posibilidad ya absolutamente realizable de ejecutar
la clonación de seres humanos. Para muchos espíritus
científicos, es inconcebible incluso la sola discusión
acerca de ponerle límites a este tipo de investigación.
Un sorprendente argumento en contra
de la ciencia proviene de aquellos que afirman que ésta,
al proveer al hombre de medios cada vez más eficientes para
dominar la naturaleza, les da más tiempo para alimentar sus
apetitos más discutibles, embotándose la voluntad
de trabajo y de lucha y creando las condiciones para ser 'conquistado'.
El éxito de la ciencia (aunque muchas veces la crítica
termina recayendo con más fuerza sobre las artes) estaría
en el origen de la decadencia de las sociedades. Rousseau
y Nietzsche, reverberan conjuntamente en esta argumentación.
Finalmente, la visión en perspectiva
de la ciencia puede causar la impresión de que la existencia
no es más que un sinsentido. Reconocer nuestra pequeñez,
la insignificancia de nuestro paso por la vida, la exclusión
o descalificación de los elementos metafísicos que
forman parte de nuestra existencia y que mal que bien le dan un
sentido trascendente, conducen a quitarle sentido a la vida y contribuyen
a la desmoralización del ser humano.
A manera de conclusión: crítica de la crítica
y aproximación a una síntesis
Sin duda, muchas de las objeciones
de la crítica 'fuerte' son poco convincentes si se pretende
asumirlas en todas sus consecuencias. Muchas de ellas son claramente
malas interpretaciones, asignaciones inadecuadas de causalidad y
exageraciones evidentes; pero en su conjunto, son afirmaciones que
no dejan de tener algo de verdad que debe ser atendido. En términos
generales, podemos decir que los malos usos de la ciencia se derivan
de la presencia de individuos (incluso comunidades científicas
completas) que no tienen escrúpulos, pero de la falta de
estos sentimientos no puede culparse a la ciencia.
Justamente por ello es que la crítica
'débil' se muestra más poderosa que la crítica
'fuerte' ya que, al tiempo que no le niega sus cualidades positivas
a la ciencia, demuestra que son necesarios valores que no se
consiguen al interior de las disciplinas científicas para
poder evitar que todas esas acusaciones contra la ciencia se hagan
realidad. La ciencia misma exige la valorización de otros
saberes humanos (éticos, estéticos, filosóficos,
políticos, etc.) para no convertirse en un arma peligrosísima
para la humanidad.
No puede afirmarse que la ciencia es
una fuente de perversión, pero tampoco ella es en sí
misma la fuente del virtuosismo, como pretendía Rapaport.
Llegamos aquí nuevamente a Kant y a Gurvitch: se hace necesario
un saber práctico que sea capaz de indicarnos qué
es lo correcto y qué es lo incorrecto, pero ese saber en
absoluto puede pretender ser científico.
Las interpretaciones de Dorfles, Habermas
y los epistemólogos de vanguardia, a partir de cuyas tesis
se hace factible hablar de hacer ciencia con la imaginación
y los sentimientos de por medio, al tiempo que abren el cauce para
que se entremezclen muchos mundos (mito, arte, ciencia), incluso
nos permiten ir más allá, y nos dicen que el conocimiento
científico y los otros saberes humanos ya no pueden plantearse
como absolutamente separados, que éstos se confunden en mutaciones
diversas y que, al hacerlos converger y no simplemente coexistir,
se hacen inútiles las digresiones acerca de una superioridad
absoluta de cualquiera de los tipos de conocimiento identificados;
vale decir, no tiene sentido sostener que el conocimiento científico
es superior moral, ideal o materialmente a otros importantes saberes
humanos.
Bibliografía
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University of California Press.
Cassirer, E. (1978). Kant: vida y doctrina. México,
Fondo de Cultura Económica.
Dorfles, G. (1969). Nuevos ritos, nuevos mitos. Barcelona,
Lumen.
Gurvitch, G.(1969). Los marcos sociales del conocimiento.
Caracas, Monte Avila.
Habermas, J. (1992). Ciencia y técnica como ideología.
Madrid, Tecnos.
Kant, I. (1984). Crítica del juicio. Madrid, Espasa
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Marcuse, H. (1968). El hombre unidimensional. México,
Joaquín Mortiz.
Martínez Miguélez, M. (1997). El paradigma emergente:
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México, Trillas.
Martínez Miguélez, M. (1999). La nueva ciencia:
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Trillas.
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Obras completas. Tomo I. [Traducción de J.D. García
Bacca]. Caracas, Universidad Central de Venezuela.
Rapaport, A. (1957). 'A scientific approach to Ethics'. Science,
pp. 796-799.
Sorell, T. (1993). La cultura científica: mito y realidad.
Barcelona (España), Península.
*(Caracas,
1960) Licenciado en Química (UCV, 1985), Maestría
en Planificación (CENDES, 1996), Doctorado en Ciencias Políticas
(USB, en curso). Tiene igualmente formación de nivel superior
en Políticas Públicas (IESA, 1995) y en Desarrollo
Organizacional (FACES-UCV, 1994). Fue Jefe de la División
de Estadísticas y Estudios Especiales, y Director de Política
y Planificación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas
y Tecnológicas (CONICIT). En la USB dicta cursos tanto en
Estudios Generales, como en los postgrados de Gerencia de la Empresa,
Gerencia de las Telecomunicaciones y Ciencia Política.
Universalia nº 15 Abril-Diciembre
2001
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