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Lo poético y lo prosaico
Luis Tejada
Desde épocas inmemoriales,
los poetas habían resuelto absurdamente dividir el universo
en dos partes iguales: la parte poética y la parte prosaica;
pequeña, admirable y considerable la una. Y grande, fea y
despreciable la otra.
Y había cosas poéticas y cosas prosaicas:
una rosa sobre un muro viejo, era algo singularmente poético;
pero una zanahoria sobre el mismo muro, venía a ser detestablemente
prosaica. Una pálida muchacha asomada por la tarde a la ventana,
constituía la imagen más poética; pero no lo
era, por ejemplo, un hombre con paraguas. Era bello decir: "la
vaca de los ojos claros", pero no lo era decir: "esa vaca
tiene las orejas grandes". Y había también actitudes
poéticas y actitudes prosaicas; estar con los ojos torcidos
hacia arriba, el cabello arremolinado y la mano sobre el corazón,
era extraordinariamente poético; pero no lo era, y sí
muy prosaico, estar caído de bruces en una zanja.
Pero había algunos casos especiales en que
las diferencias introducidas por los poetas asumían un carácter
realmente sorprendente, por lo absurdo; el oro, por ejemplo, no
era admisible para los poetas, sino considerándolo en abstracto
o aplicándolo en un sentido simbólico: podía
decirse: "cabellos de oro, estrellas de oro, corazón
de oro"; pero en cuanto el oro, en su aspecto de artículo
de cambio, empezaba a relacionarse con el comercio, ya los poetas
principiaban también a detestarlo, a considerarlo como la
cosa más prosaica del mundo: un billete, aunque estuviera
fuertemente respaldado por áureas barras apiladas en los
sótanos del banco, era algo abominable, indigno de incluirse
no digo ya en el verso, pero ni siquiera en el bolsillo de un poeta.
Toda profesión productiva, todo lo que se relacionaba directamente
con el dinero, era despreciado con altivez por los poetas; e igualmente
despreciaban a los desgraciados que se dedicaban a acaparar esa
vil cosa sucia, que es el dinero; decirle millonario a un individuo,
era el colmo de la ofensa a que podía recurrir un poeta;
con eso querían significar a un pequeño ser gordo
y afeitado, con gruesos anillos en los dedos; a un horrible ente
perfectamente prosaico, incapaz de comprender todo lo que puede
haber de poético en la rosa sobre el muro derruido o en la
pálida muchacha frente al crepúsculo.
Pero ya hoy no sucede así, o mejor, ya empieza
a no suceder así; los poetas están adquiriendo un
concepto más general y más uniforme del universo;
no han dejado, sin duda, de ser sensibles al valor poético
de la rosa, pero principian a ser sensibles al valor poético
de la zanahoria; han comprendido, al fin, que todo en el mundo es
algo poético, inclusive el dinero.
¿Y por qué no? En la realidad de la
vida moderna el dinero es el sustituto equivalente de las varitas
mágicas, ¡tan poéticas!, de los cuentos de hadas;
con la misma maravillosa propiedad con que las varitas mágicas
convertían a un patojo en príncipe o a una princesa
en dragón, el dinero convierte una choza en castillo, un
limpiabotas en millonario, o un poeta en comerciante.
*(Tomado de "Libro de crónicas".
Grupo Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1997)
Luis Tejada (1898-1924) un genial y casi desconocido escritor
colombiano que encontró la poesía en sus crónicas.
Al ser leído hoy parece ser un autor contemporáneo,
ya que tiene la virtud de observar las cosas en esa dimensión
que el paso del tiempo no desactualiza, sino que por el contrario,
ayuda a revelar las formas.
Universalia nº 15
Abril-Diciembre 2001
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