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El Nacimiento de las Universidades
Iraset Páez Urdaneta*
Se tiende a reconocer que las
instituciones que hoy conocemos como “universidades” emergieron
como tales en el siglo XIII. La pregunta de rigor es qué sucedía
antes o, en otras palabras, hasta dónde se extendía la educación
de aquellas personas con los medios económicos para obtenerla.
Los antecedentes de la universidad occidental se deben remontar en la Grecia
antigua (i.e., siglos V y VI a.C.) a la Academia [1],
fundada por Platón alrededor del 387. La Academia era una asociación
de carácter semirreligioso, orientada hacia la formación de la juventud
aristocrática. Su curriculum incluía gimnasia, danza, canto, lira
y poesía, matemáticas, dialéctica (arte de la persuasión) y retórica
u oratoria. En la época helenística, se dio el nombre de ephebeia
a un nivel superior de educación que se cursaba entre los 18 y los
20 años y que tenía un fuerte énfasis en aspectos militares y civiles.
El estudio de las ciencias (matemáticas, geometría, medicina) y
de la filosofía no había sido institucionalizado. Los romanos adoptaron
el modelo helenístico de educación, pero incorporaron en él, como
áreas de estudio, el griego clásico y la gramática latina. Sin embargo,
a nivel de la educación que pudiéramos llamar “superior”, los romanos
concedieron la mayor importancia a la oratoria y la jurisprudencia.
Las escuelas superiores de la época bizantina, a partir del siglo
V d.C., diversificarían sus currículos para incluir el estudio de
la teología y moral cristianas. Sin embargo, lo más importante e
innovador de la educación superior bizantina parece ser la preparación
de profesionales en leyes, medicina, arquitectura y servicio civil.
Entre el siglo IV d.C. y el
comienzo del XII la educación en Europa se vería reducida a las
actividades de algunas congregaciones monásticas, que ofrecían un
nivel de educación básica fundamentado en el currículo tradicional
romano‑cristiano. El nivel de estos estudios contrasta con
el de los centros que los árabes habían establecido en las ciudades
españolas de Córdoba, Sevilla, Toledo, Granada, Murcia, Almería,
Valencia y Cádiz. Los programas seguidos en estos centros incluían
estudios más avanzados en álgebra, trigonometría, geometría, química,
física, astronomía, medicina (incluyendo cirugía y farmacia), lógica,
ética, metafísica, geografía, ciencias políticas y filología. Algo
que llama la atención al respecto de la educación superior musulmana
en España es su capacidad para integrar la enseñanza y la innovación
tecnológica, pues a ellos se les acredita la invención de productos
y técnicas que fueron aprovechados para el desarrollo de la agro‑industria,
la navegación, la metalurgia y la producción de textiles y cerámicas.
En el siglo XI los historiadores
dicen que se iniciaría en Europa un “renacimiento medioeval” resultante
de la estabilización política y económica del continente bajo el
sistema de explotación feudal. Algunos monasterios (particularmente
el de Cister y el de Cluny) comenzaron a distinguirse más por sus
actividades educativas que por su vida religiosa. Por esta época
se consolida el curriculum medioeval, dividido en dos niveles: el
de las artes liberales (compuesto por el trivium [gramática,
retórica y lógica] y el quadrivium [geometría, aritmética,
música y astronomía] y el de la filosofía (dividida a su vez en
“teórica” [teología, física y matemáticas], “práctica” [ética],
“lógica” [estudios más avanzados del trivium] y “mecánica”
[estudios técnicos en áreas como la textil, la medicina, la agricultura,
la navegación]). Para comienzos del siglo XII estas escuelas competían
las unas con las otras en base a áreas distintivas de especialización.
Las más prestigiosas eran sin embargo las que ofrecían los mejores
estudios en trivium y filosofía lógica.
A finales del siglo XIII las
competencias ya conflictivas entre estas escuelas, el número de
estudiantes y de docentes en ellas congregados y las oportunidades
que en ellas vieron (o temieron) las autoridades civiles y religiosas
motivó una reorganización de los estudios superiores. La reorganización
apuntaba tanto hacia lo curricular (y la metodología de enseñanza‑aprendizaje)
como hacia la regulación de la autoridad para ejercer la docencia,
a través del conferimiento de títulos. Por esta época, estos estudios
superiores se institucionalizaron bajo el nombre de studia generalia,
los cuales, para funcionar como tal, debían contar con una licencia
papal o real. En 1158, para proteger a los estudiantes que iban
de un sitio a otro en Europa en pos de tales estudios, el Sacro
Emperador Romano Federico Barbaroja otorgó un número de privilegios
e inmunidades a estos estudiantes (entre ellos, protección ante
un arresto injusto o la extorsión, juicio ante los pares, derecho
a protestar). La internacionalidad del sistema estaba garantizada
por el compartimiento de una lengua común, el latín clásico, cuyo
aprendizaje era central en la formación que previamente recibían
los estudiantes. En el nivel de los estudios superiores, se llamaba
entonces determinatio a los estudios a nivel de bachillerato,
licencia docendi a los estudios siguientes y doctoratus
a los estudios máximos. Otro rasgo importante es que, avalado por
una bula papal, la obtención de la licencia en ciertas universidades
permitía cl ejercicio de la docencia en cualquier otra.
La expresión universitas
parece datar de esta época. Entonces se utilizaba para designar
al cuerpo de profesores y estudiantes, no al nivel de la educación
(lo que comenzó a suceder a partir del siglo XIV). Inicialmente
se trataba de comunidades de estudio que se auto‑sostenían
gracias a las contribuciones de los estudiantes, o, posteriormente,
de los príncipes o de la Iglesia. Las comunidades eran regidas por
un Rector scholarium que en algunos casos no emitía los títulos
sino un dignatario eclesiástico externo llamado, al efecto, Scholasticum.
La corporación gozaba de autonomía garantizada por decretos reales
o papales, pero a cambio se exigía el estricto cumplimiento de algunas
condiciones, entre ellas la de no hacer magisterio fuera del recinto
universitario, particularmente cuando el mismo concernía al saber
canónico o se apartaba de él. Las universidades, sin embargo, pronto
comenzaron a ejercer ‑con la mayor discreción‑ el ejercicio
de una libertad que las llevó a explorar el saber no canónico (i.e.,
conocimiento griego antiguo o árabe moderno), un privilegio que
simbolizó con la imagen de una oca o ganso, símbolo también de la
rebeldía. El estilo de vida universitaria implicó así mismo el uso
de un vestuario distintivo y de ceremoniales de bautizo académico
y graduación. El himno académico conocido como Gaudeamus igitur
pervive todavía como parte de ese ceremonial. Su estrofa inicial
es indicativa de la vitalidad juvenil del graduado universitario:
“Gaudeamus igitur / iuvenes dum sumus / post iocundam iuventutem
/ post molestam senectutern / nos habebit humus (“Alegrémonos pues
/ mientras seamos jóvenes / (porque) después de la feliz juventud
/ después de la molesta vejez / nos tendrá la tierra”).
Las dos grandes universidades
de la época fueron la de Boloña (Universitá degli Studi di Bologna)
y la de París (Université de París). La de Boloña fue establecida
a finales del siglo XI, con una facultad en la que se estudiaba
derecho civil y canónico. En el siglo XIII se establecieron las
facultades de medicina y filosofía (o artes liberales). En el siglo
XVII se organizó la facultad de ciencia. Por su parte, la Universidad
de París fue organizada alrededor de 1170 a partir de las escuelas
catedráticas de Notre Dame. Gracias al apoyo papal se convirtió
en el gran centro de enseñanza de la teología ortodoxa cristiana.
Durante el siglo XIV la Universidad se dividía ya en cuatro facultades;
tres “superiores” (Teología, Derecho canónico y Medicina) y una
“inferior” (Artes). Cada facultad era regida por un Decano (etimológicamente,
“aquel que preside a diez profesores sacerdotes”) y toda la Universidad
por un Rector, que terminó siendo el Decano de la Facultad de Artes.
En Inglaterra, en el siglo XIII fueron fundadas conforme al modelo
académico de la Universidad de París las Universidades de Oxford
y Cambridge
(La universidad inglesa se
caracteriza sin embargo porque su núcleo de formación es un collegium).
En 1218, el rey Alfonso IX
fundó la Universidad de Salamanca. Mas tarde, en 1254, en el reinado
de Alfonso X, se establecieron seis “sillas” magisteriales: tres
en Derecho canónico y una en gramática latina, artes y física, respectivamente.
En las Siete Partidas, el rey Alfonso X estableció normativas
especificas para el gobierno de los recintos universitarios (entre
ellas, la obligación de contar con un campus abundante de
aguas y jardines) y privilegios específicos para los miembros del
claustro entre ellos, buena dotación de pan y vino y privilegio
de ser atendido por el Rey en audiencia especial). En 1243 se fundó
en la misma ciudad la Universidad Pontificial de Salamanca. Es a
la primera a la que se suele asociar en el dicho de “Quod natura
non dat, Salamantica non prestat” (“Lo que la naturaleza no
da, Salamanca no presta”).
Los estudiantes de estas universidades
eran, por lo general, hombres en edad madura. Para obtener la licencia
docendi se debía tener por lo menos 21 años (en París, antes
de los 35). Las universidades tenían sillas o cátedras cuyos ocupantes
rentan derecho a ejercerlas de por vida. En algunas universidades
estas sillas eran sufragadas por los príncipes. Los cursos consistían
generalmente de collado (exposiciones) y preferiblemente de lecho
(comentario o explicaciones de textos). Las clases solían desarrollarse
de octubre a Semana Santa y después de Semana Santa hasta finales
de junio. Los exámenes eran públicos.
La historia de la universidad
es también una historia humana. En ella alternan los triunfos y
los fracasos de muchos hombres, algunos de los cuales pagaron con
su vida su profunda obsesión por el conocimiento, obsesión que les
hacía saltarse las barreras de los comportamientos permitidos. Entonces
también existían las rencillas profesorales, los odios surgidos
por argumentaciones opuestas. Entonces eran encendidos los debates
sobre si los ángeles habían sido creados antes que el cielo o sobre
la procedencia de la esposa de Caín o, incluso, la legitimidad de
ejecutar a alguien o no. La teología permitió un ejercicio de liberación
del pensamiento por la vía de la retórica y abonó el camino para
las nuevas ideas que vendrían con el movimiento conocido como humanismo.
Hasta el segundo renacimiento de Europa, especialmente en los siglos
XVI y XVII las grandes universidades del continente preservarían
un perfil bastante conservador. El pensamiento seglar de estos siglos
contribuiría a demarcar los studia divinitatis de lo studia
humanitatis, lo que favorecería las circunstancias filosóficas
necesarias para el desarrollo de los studia scientiarum.
Entonces fueron decisivos el legado árabe que Europa recibió a través
de España, la invención de la imprenta (que por ciento no fue inicialmente
bienvenida por los profesores que alegaban que, teniendo cada quien
una copia de los manuales y textos de estudio, los estudiantes no
iban a tener necesidad de ir a los recintos de clases) y la independencia
progresiva del profesorado universitario del dominio eclesiástico.
La Universidad que había comenzado en el estudio de la filosofía
y luego de la teología, emprendería el estudio formal de la ciencia.
No seria sino tiempo después cuando admitiría como área de estudios
las que hoy asociamos con el saber técnico de las ingenieras.
Deberíamos concluir entonces
infiriendo varios mensajes: Primero, que la Edad Media no pudo haber
sido tan oscura ‑como suele afirmarse‑ si en ella se
inventaron las universidades. Segundo, que la universidad es el
producto de un fuerte idealismo histórico que se afinca en la creencia
de la liberación del hombre por la vía del conocimiento. Tercero,
que la universidad se encuentra en la simiente de todos los aciertos
del hombre occidental y contemporáneo, al que no sólo ha educado
sino también transmitido la herencia de quienes le precedieron en
la obra civilizatoria. Se le llama así Alma Mater porque
de ella se nutre esencialmente el optimismo que llamamos futuro.
“La investigación de la verdad es, en
un sentido, difícil; pero, en otro, fácil. Lo prueba el hecho de
que nadie la pueda poseer completamente ni equivocarse del todo,
sino que cada uno dice algo sobre la Naturaleza; y aunque individualmente
sea poco o nada lo que contribuye a ella, de todos reunidos se forma
una cierta grandeza”. Aristóteles, Metafísica, 993a 30‑b4
La etimología de “Academia”se vincula con el nombre de un jardín
en las afueras de Atenas. Según la tradición, el nombre de este
jardín había sido dado en homenaje a Académicos, uno de los compañeros
de aventuras de Teseo
Universalia nº 5 Sep-Dic 1991
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