| Ganadora
del concurso de cuento – 1er lugar
La Dulce Espera
Leslibeth Pessagno (*)
Marina Coral tenía el cabello plateado
y los ojos más negros que el mar en una noche sin luna. Su
piel estaba plagada por arrugas que simbolizaban las huellas de
los años de una soledad bien llevada. Estaba podrida en dinero
del verde y del metálico y poseía riquezas incalculables
en joyas y piedras preciosas; pero era un ser tan tacaño
que prefería ocultar sus tesoros y someterse a una vida de
privaciones que verlos canjeados por lujos y comodidades que con
el tiempo se deteriorarían más que ella.
Tenía una rústica casa frente al mar, tan pequeña
como su corazón y con un piso de madera tan áspero
como su carácter. En contraste con el ambiente sombrío
de su morada, las paredes estaban decoradas con redes de pescar
y conchas de crustáceos recogidas en la orilla del mar al
amanecer. La casa era lúgubre como su dueña y destilaba
un olor a soledad por los poros. Allí vivía ella,
sola sin más compañía que el romper de las
olas y unas cartas carcomidas por las polillas y por el tiempo.
Ella era un monumento al paso de los años de una vida rebosante
de amargura, un mar de odio, un espíritu solitario que sobrellevaba
su condición con entereza, porque a pesar de renegar mil
veces al día cerca de su existencia de porquería,
se llenaba la boca sosteniendo que el curso que había tomado
su vida era por elección propia.
Su carácter era más agrio que el limón con
sal y más rígido que un tronco petrificado, por ello
sus tres criaturas alzaron vuelo en cuanto pudieron; cansados de
notar que con el pasar de cada década su madre se convertía
en una esfinge de piedra insoportable, por no llamarla arpía
o monstruo. Marina asumió su viudez con resignación
lo mismo que el abandono de sus retoños, pero cada instante
que podía les maldecía. A su esposo difunto por su
dejadez y su ineptitud, y a los hijos por ingratos y codiciosos.
Mientras endulzaba un agua teñida con leve color marrón,
que no era más que té preparado con una bolsa usada
por quinta vez; se atragantaba con pan duro para acallar el hambre
del odio que se adueñaba de sus entrañas haciéndole
retorcer las tripas y quemándole las paredes intestinales
ulceradas por la rabia y la maldad de su espíritu.
Sus sentidos habían experimentado todo lo que un ser humano
puede experimentar luego de haber atravesado una pérdida,
un amor frustrado, un parto y varias guerras cruentas, estaban tan
saturados que no reaccionaban tan fácilmente con cualquier
estímulo externo; Marina estaba insensibilizada por completo.
Había sido despojada de algún buen sentimiento y nunca
jamás se enteró si alguna vez existió en ella
la culpa.
Tan fría como un témpano de hielo y casi tan anciana
como el tiempo, se tumbaba en su cama de cartón y periódicos
profiriendo improperios y vulgaridades al Altísimo para que
la fulminase y enviase al otro mundo, porque ya estaba obstinada
de vivir. Estaba harta de sentir que su cuerpo se volvía
más lento y más pesado, estaba cansada de acostarse
cada noche esperando amanecer muerta y despertar más viva
que antes. Todo le inspiraba apatía y aversión, únicamente
encontraba diversión en dos cosas: cuando insultaba a Dios
para que este la asesinase airado y ella pudiese contemplar la vida
desde abajo, y cuando iba a inspeccionar su negocio de lágrimas.
A lo largo de su vida, Marina Coral hizo verter muchas lágrimas,
pero nunca tantas como las que hacía derramar, a su subalternas
a través de torturas y que luego vendía a muy buen
precio a clientes de semblante taciturno que parecían muertos
en vida.
La fábrica de lágrimas estaba ubicada en una pequeña
cabaña de madera que apestaba a perro mojado y orines de
rata, se encontraba a poco más de cien metros de la casa
de Marina, cosa que le permitía efectuar repetidas inspecciones
a lo largo del día. Apenas tenía dos cuartos y las
jóvenes que los ocupaban eran más de diez y tenían
el aspecto de reclusas. Eran huesudas, de cabellos largos, quebradizos
y mal lavados; tenían los ojos muy grandes y el vientre prominente
(probablemente por la presencia de lombrices). Todas se parecían
entre sí y tenían en los ojos la misma mirada hambrienta
de comida incomestible. Todas estaban allí por voluntad propia
y a pesar de los mecanismos forzados que Marina empleaba para el
llanto, continuaban allí hipnotizadas por el desamparo, encalladas
por sus mentes manipulables e idiotizadas por la salivación
de sus papilas gustativas.
Marina recurría a cualquier artificio que se le viniese a
la mente para arrancarles lágrimas a borbotones, desde picar
interminables pilas de cebollas, hasta arrojarles arena en los ojos,
a veces las molía a palos o quemaba con colillas de cigarro.
Esto último la entretenía aún más y
en cierta forma prefería hacerlo, ya que le resultaba más
provechoso, pues el hecho de rociar vinagre o ácido a las
heridas le procuraban el doble de lágrimas.
Los cuerpos de las jóvenes estaban deformados o llagados
por la crueldad de aquella vieja señora y sus espíritus
tan apolillados que dejaron de ser humanas para convertirse en escorias
vivientes: la mierda de perro valía más que ellas.
Entre las jóvenes lloronas se encontraban dos que lloraban
sin necesidad de recurrir a las torturas de la época de la
inquisición: una que lloraba a voluntad, pues era una actriz
que nunca pudo salirse de sus personajes, y terminó loca
por albergar personalidades múltiples, y otra que lloraba
de amor, que quería secarse por el llanto y morir.
A esta última Marina despreciaba infinitamente porque no
sólo le parecía ridículo el hecho de llorar
por un hombre; también opinaba que una mujer tan patética
debía morir. Así que una tarde, luego de repartir
sendas cantidades de un guisado que parecía engrudo de tres
días y esperar que las lloronas que vivían en la casa
se fueran a dormir y las que no, se fueran a la calle a ejercer
la profesión más antigua del mundo; se dirigió
hacia donde encontraba ese guiñapo de ser humano.
- ¿Así que tú te quieres morir,
no?- preguntó la anciana a la criatura inmunda de mirada
de conejo; ésta asintió con miedo- Pues yo te puedo
ayudar- dijo Marina sonriendo y a la vez soltando un golpe certero
en el cuello de la joven que cayó al suelo con un sonido
de tronco seco, pero sin proferir grito alguno.
Al día siguiente las lloronas degustaron
por primera vez, en todo el tiempo que llevaba en la cabaña
de las lamentaciones, un guisado de carne de sabor muy dulce, pero
agradable; mientras engullían el guiso, unas a otras se miraban
inquisitivamente preguntándose dónde estaría
la joven que lloraba por amor.
Más negra que los ojos de Marina era su alma, ella siempre
supo que el día que muriese no vería las cosas desde
arriba sino desde abajo, porque se calcinaría en la caldera
del infierno. Sabía que quedaría ensopada por el sudor
de aquel calor sofocante, que aspiraría el olor a azufre
del averno y que los tridentes de los demonios le atormentarían
eternamente. Lo sabía, y no se inmutaba en lo más
mínimo. Lejos de arrepentirse y hacer todo lo posible para
purificar y reivindicar su alma, se quedaba tranquila porque su
espíritu estaba tan podrido que a lo mejor despojaría
al Príncipe de las tinieblas de su reinado y sería
ella quien asumiría el mandato del Infierno, o tal vez con
su alma corrupta y mercantilista conseguiría sobornar al
mismo Satanás y salirse con la suya.
Ella fue malvada, cínica y cruel desde los inicios de su
vida. Mató a su madre en el parto desgarrándole el
útero y desangrándola en una abundante hemorragia.
De pequeña exterminó a cada una de sus mascotas; arrojaba
a los cachorros de gato a los pastores alemanes cruzados con lobo,
les quemaba las plumas a los pericos, lanzaba a los conejos de nariz
y mataba a los perros de diarrea. La matanza más célebre
de una mascota fue la de un puddle que atiborró de pastel
con pegamento y que falleció en el acto. La culpa se la atribuyeron
a la cocinera de la casa quién fue despedida al instante.
Así mismo, a los ocho años arrojó a su abuela
por las escaleras, causándole una fractura múltiple
y a los once había lacerado el cuerpo de un niño de
cuatro años, que no quiso prestarle un juguete, arrojándolo
a un cercado de alambres de púas.
Sí, Marina Coral era capaz de matar, robar, mentir, lastimar
y pervertir por mero placer y con su semblante apacible obnublinaba
a quienes le rodeaban. Conforme transcurrían los años
se tornaba más hermosa y atrayente pero más inhumana
y despiadada. Ella era exactamente igual a Lucifer, poseía
su belleza y su maldad. Sólo su abuela conocía lo
que se ocultaba debajo de aquellos ojos negros y cabellos azabaches
rizados, sólo ella sabía que su alma no era tan nívea
como su piel. Era la única que lo sabía y nadie le
creía cuando decía que su nieta era hija de Belcebú.
Le atribuían senectud y Marina le sonreía maliciosamente
fingiendo inocencia. El día que su abuela falleciera repetiría
ello con vehemencia hasta su último soplo de vida obteniendo
el mismo resultado de siempre.
Un día de principios de año, luego de que Marina saliera
del ancianato y repartiera dulces a los diabéticos, dejó
de ser un demonio para convertirse en un ángel. Sus ojos
se encontraron con el mirar penetrante y sereno de Cristóbal
Montenegro.
Sólo le vio una vez, y bastó con ello para un cambio
radical, en donde no sólo se volvió más bondadosa
y benévola, sino una católica ferviente e hija obediente
y apacible. Su fisonomía se tornó dulce, y su abuela
pensó que su yerno al fin se había decidido y la había
llevado al sacerdote a exorcizar o que el mundo se acabaría.
Pensando esto, se persignaba asustada y ni miraba a su nieta, quién
irradiaba felicidad y había logrado convertir su risa y sonrisa
en contagiantes y refrescantes como rocío en la mañana.
Su espíritu lóbrego se tornó transparente como
el cristal y se le veía soñar despierta entre las
algodonadas nubes de amor que se había enraizado en su corazón,
o se le veía paseando en las praderas de la ilusión
que cada día eran más verdes y más extensas.
El amor suele ser un sentimiento tan poderoso capaz de permitir
alcanzar lo inalcanzable y hacer posible lo imposible, que así
mismo fue capaz de cambiar a Marina Coral en otra. Ella misma nunca
supo cómo se dio el cambió, no se percató que
su cerebro se había alelado por los licores de sus idilios
con Cristóbal; no se daba cuenta que ni dormía, ni
comía, sino que experimentaba unas repentinas náuseas
causadas por el revolotear de las impertinentes mariposas rosas
que le revolvían el estómago y le hacían sentir
explotar una burbuja de aire en su pecho cada vez que veía
a Cristóbal Montenegro actuar en el Teatro Municipal o cuando
se escapaba a hurtadillas para acudir a sus encuentros furtivos.
El era un milagro hecho hombre, era el enviado celestial que Dios
había puesto en el camino de Marina para salvar su pútrida
alma que ahora estaba despojada de culpas y rebosante de amor. Sintió
nacer de nuevo pero al revés, sintió algo muy grande
que no le cabía dentro, y a pesar de conocer la forma real
de los corazones (por haber destripado tantos animales durante su
infancia) los dibujaba estilizados y con las iniciales de ambos
dentro; se encontró redactando cartas más azucaradas
que miel y azúcar juntos y coleccionando rosas secas regaladas
por Cristóbal y suspirando por los rincones sonriendo como
idiota. De golpe se miró reflejada en el espejo de la realidad
de su enamoramiento, la verdad le cayó como un balde de agua
helada en su rostro. Se sintió ridícula y su imagen
la avergonzó hasta el extremo de hacerla llorar del bochorno,
pues ahora no era más que un remedo de lo que ella había
sido: ahora se había transformado en una vulgar figurilla
cursi y empalagosa, atontada por unos ojos verdes y una sonrisa
de hoyuelos.
Lloró indignada y deseó no ver nunca más a
Cristóbal, pero bastó con verle nuevamente para quedar
alelada con su porte y su mirar transparente. Ahora Marina, odiaba
y amaba a la vez a Cristóbal, quería amarle y matarle
tal y como hacen las carnívoras Mantis Religiosas con su
compañero.
Marina amó a Cristóbal a su manera, pero con tanta
intensidad que estuvo a punto de ser alguien completamente diferente
a quien era. Hoy recordaba todo esto y se reía pensando que
aquel fue un momento en que tuvo un pie en el Paraíso y otro
en el infierno. Un instante en el que pudo patear el trasero de
San Pedro antes de cenar pollo al horno con Lucifer.
Cristóbal Montenegro era como el mar: apacible, sereno y
transparente por las buenas, y tempestuoso por las malas. Tenía
la particularidad de parecer indiferente a las cosas, pues no se
impresionaba fácilmente. Sin embargo en el instante en que
por casualidad se miró en los ojos de Marina quedó
fulminado por su mirada enigmática. En ese mismo momento
en la cara de Cristóbal Montenegro quedó escrito en
tinta fosforescente que amaba a Marina; ella lo leyó en su
rostro y supo que estarían juntos para siempre a través
de los hilos del destino, porque ya habían aceptado ser sus
marionetas, y este los movería a su antojo.
Cristóbal había visto toda clase de mujeres en sus
múltiples giras de teatro. Las vio rubias en Inglaterra,
presumidas en Francia, mandonas en Italia, morenas, pelirrojas,
pero nunca en su vida esperó encontrarse con una mujer del
tipo de Marina, que le parecía más linda que un pecado.
Bastó con mirarle para sentir en su interior cómo
una oleada estallaba dentro de él y convencerse que era ella
o era nadie. Su carácter perfeccionista le había hecho
descartar varias candidatas, bien por gordas, por ordinarias, o
por putas. Pero ahora estaba convencido de que su infructuosa búsqueda
había terminado y que ahora podía amar y dejarse amar;
porque esa muchacha de mirar intenso capaz de hacerlo titubear en
los ensayos de las obras y de hacer que se le enredara la lengua
al hablar, era extraordinaria en todos los sentidos de la palabra
y sin querer, poco a poco se convertía en la dueña
de sus sentimientos y pensamientos.
Al hablar de sus sueños, al crear su mundo Cristóbal
aprendió a confiar y Marina a amar dulcemente. Era tal el
estado de plenitud que era capaz de experimentar estando juntos
con los dedos entrelazados, o con el rozar de sus labios, o hasta
con el simple deleite de mirarse en los ojos del uno y la otra,
que se olvidaban de todo y de todos. Estaban tan ebrios del licor
del amor, que Cristóbal resolvió que deberían
estar juntos hasta que la muerte los separase.
Marina quedó perpleja
pues sabía de los dotes de actor de Cristóbal. Consideraba
que la única desventaja de amar a un buen actor era que nunca
sabría si él decía la verdad o si estaba mintiendo,
porque actuaba con una naturalidad de la que parecía no ser
consciente. A veces a Marina le daba la impresión de que
él se tomaba sus papeles muy en serio y que se adentraba
en los personajes con tanta facilidad que no se desprendía
de ellos, y por eso repentinamente estando juntos, entablaba monólogos
o diálogos que Marina debía improvisar. La más
osada de las veces la alzó en sus brazos y luego arrojó
al piso sin razón y le lanzó una mirada de odio que
dejó a la joven perpleja sin opción a cómo
reaccionar. Cristóbal la miraba sin hablar, se volvió
y luego como si nada hubiera pasado cambió su expresión
facial y empezó a hablar de cualquier cosa.
Por esos vuelos actorales,
Marina dudaba de la veracidad de Cristóbal, sin embargo decidió
dejarse atrapar por ese anzuelo, pues estaba consciente de que lo
que sentía por él, no lo sentiría jamás
por nadie y aunque después se arrepintió de haber
hecho el papel de idiota y haberse tragado el truco barato del Matrimonio.
Siempre lo amó, a pesar de odiarlo inconmensurablemente por
esfumarse como Haudinni en un acto de escapismo. Lo amó a
pesar de esperar desesperanzada algo más que la triste nota
de “Soy J…”Ella albergaba algo de las migajas
de ese amor que hizo posible la transfiguración de su persona.
Pero ese sentimiento fue evaporándose como lo hace el perfume
si se deja el frasco abierto, quedando finalmente el suave aroma
de un amor profesado a un actor llamado Cristóbal Montenegro.
Marina dio mil vueltas a ese trozo de papel y escudriñó
cada letra, estudió la caligrafía, intentó
descifrar si aquello era una “J” o parte de una “M”,
trataba de encontrar algún anagrama en la in conclusión
de la frase, cualquier cosa o tabla salvadora que le permitiese
aferrarse a ella del mismo modo que lo hace un náufrago en
un momento de desesperación. Hastiada de la espera, herida
por dentro por la burla, empezó a atragantarse con toda la
clase de alimentos, tratando de encontrar en cada sollozo vestigios
del amor que estaba presente hasta en el aire, o cada cosa que ingería.
Marina se cebaba para la muerte,
engordaba su odio engullendo con avidez sopa de rencor, dosis de
venganza y pasteles de crueldad. La venganza, su plato predilecto,
era exquisita porque tenía un sabor dulce que aunque no curaba
su orgullo herido le proporcionaba una sensación de satisfacción
que le impulsaba a seguir viviendo para ver algún día
a ese desgraciado reducido a menos que escombros.
Los años le parecieron
más lentos que el caminar de una tortuga y en aquella travesía
el veneno que vertió en el té del idiota de su esposo
y en la vida de sus hijos le dejó aún más amargada
y sola que por los tiempos que andaba de amores con Cristóbal
Montenegro.
Viéndose sin nadie por quien preocuparse, sin hijos codiciosos
y hambrientos de dinero y sin marido torpe y descerebrado se fue
a vivir a su rústica casa frente al mar, para dedicarse a
torturar a las lloronas y a descuartizar lagartijas y ver escurrírseles
las tripas y a hundir el dedo en las heridas del recuerdo, evocando
en su memoria los preciosos instantes que compartió con su
Cristóbal.
A veces en ráfagas de su memoria recordaba cómo desplumó
a su pobre esposo, aquella triste criatura alta, encorvada, tartamuda
que apenas podía balbucear su nombre y era incapaz de enhebrar
alguna idea sensata. Lo único bueno que tenía era
el apellido De Lama y la portentosa herencia que le dejó
su madre como hijo único. Marina lo manipulaba a su antojo
y le despojaba de cada centavo valiéndose del chantaje de
la doble vida de su cónyuge, que aunque le juró fidelidad
eterna, de cuando en cuando dejaba aflorar su otro yo de gustos
homogéneos.
Verlo todos los días
le causaba repugnancia a Marina, y no lo pensó dos veces
cuando le envenenó la infusión aromática diaria
que De Lama saboreaba a las cinco de la tarde cual inglés.
Experimentó un desembarazo cuando éste abandonó
su cuerpo para cruzar la otra línea después de la
vida y ella pudo anexarse el título de viuda. Se consagró
en cuerpo y alma a educar a sus tres hijos: unos trillizos con tanto
veneno en la sangre como ella, que absorbieron como esponjas todo
el odio, el rencor e ira que ella emanaba y que en cuanto pudieron
rompieron el cordón umbilical invisible que los unía
a su madre y se desperdigaron por el mundo sin despedirse y sin
dejar rastro.
Aquellos tres hijos eran como
espíritus, carecían de sombra, reflejo o huellas digitales
y apenas pronunciaban palabra. Para Marina Miguel, Alfonso, Miguel
Leonardo y Miguel Ángel, eran un mismo niño repetido
tres veces. Siempre los confundía y los llamaba sólo
Miguel, ellos tenían que adivinar a cual de los tres se refería.
Extrañamente los muchachos tenían la mirada como Cristóbal,
pero el semblante era como el de su madre, habían heredado
su aire amargado, pero aderezado con un toque de silencio.
Ellos eran retraídos, pero muy observadores,
y habían logrado detectar el escondite de los tesoros de
su avara madre, se abastecieron con la mitad de lo que encontraron,
dejando suficiente para Marina, pero diezmando su patrimonio. Alzado
el botín, como un reflejo triple de unos espejos consecutivos
abandonaron el nido.
Marina los llegó a querer
realmente, aunque a veces olvidaba que ella los había parido.
Eran los únicos seres que había amado después
de Cristóbal; pero para ella dejaron de existir cuando se
llevaron la mitad de sus riquezas y se largaron sin dejar rastro.
Marina se estaba pudriendo
por dentro, ya sentía la muerte pisándole los talones
y no le tenía miedo. Más bien la llamaba y convidaba
a beber su agua mugrienta azucarada. Pero la muerte la miraba con
desdén y rehusaba las invitaciones de Marina muy educadamente.
Sin embargo, le prometía que a cambio tendría un final
sin dolor, y al decirle esto sonreía y la curva de sus labios
pálidos era una mueca irónica, falsa, que contradecía
sus palabras. Fue en una de esas visitas que Marina volvió
a experimentar la burbuja que de aire explotar en su pecho, cuando
volvió a encontrarse en unos ojos verdes que reconoció
en un rostro arrugado por la vejez.
A su mente acudió una
fotografía de Cristóbal, aquel retrato que se encargó
de hacer añicos para borrarlo de su mente y esquivar la vívida
mirada de la foto; ahora él ya no era sólo una imagen
en un papel, estaba de cuerpo presente junto a ella hablándo
acerca de las desventuras que atravesó durante la guerra,
del hambre que le quemaba las paredes intestinales, de las cicatrices
provocadas por las torturas de la maldita raza nazi y de un sufrimiento
que le pareció eterno por pagar en carne viva la culpa sin
razón de su religión . Los oídos de Marina
eran sordos ante las quejumbrosas palabras que resbalaban como gotas
de agua en un paraguas. Se mantenía inexpresiva ante la sinceridad
de Cristóbal Montenegro quien seguía hablando de cómo
se las había ingeniado para dejarle una nota inconclusa debido
a una captura inesperada en la que a penas tuvo tiempo de empuñar
un lápiz y escribir aquello, le contó que la fuerza
motivadora de su amor le había mantenido vivo, y le dijo
que tuvo que buscarla con lupa pues al vivir en una casa tan cerca
del mar, se encontraba lejana del mundo. Luego de pronunciar esas
palabras con las que pretendió regar un terreno estéril,
él le miraba esperanzado, con los mismos ojos enamorados
de antes y experimentando aún la oleada de esa descarga eléctrica;
la llama de aquel amor seguía viva y Cristóbal Montenegro
era de la opinión que nunca era tarde y que si no terminaban
esta vida juntos, jamás lo harían en la siguiente.
Él había esperado
mucho por ella, la dicha de estar a su lado le embargaba por completo,
su rostro estaba iluminado por la felicidad de aquel reencuentro.
Pero todo ello se vio enmancillado por el lodo que Marina arrojó
a aquel gran amor que Cristóbal sentía por ella, cuando
le dijo fríamente:
-“¡Ni lo sueñes!”- y se
retiró al interior de su guarida, dejando a Cristóbal
solo, petrificado y pálido. Había destrozado su corazón,
lo había herido mucho más de lo que laceraba a sus
lloronas. A partir de ese instante Cristóbal sintió
que, aunque su cuerpo estaba vivo, se le había muerto el
alma.
Marina decidió confinarse en las cuatro
paredes de su pocilga, podía sobrevivir al claustro con mendrugos
de odio, con sus lagartijas descuartizadas, y sus recuerdos enmohecidos.
No sintió ni un segundo de lástima hacia aquel fantasma
que miraba a través de la ventana. Conforme pasaron los días
transformó su indiferencia en hastío, se había
hartado de verle allí plantado, encarcelándola en
su casa, aburrida y sola. Caminaba en círculos como tigre
enjaulado y lanzaba zarpazos de vulgaridades e improperios cada
cinco minutos. Procurando tener algo de diversión hizo barquitos
de papel con sus billetes o los utilizaba para encender el fogón.
Cuando hubo agotado el dinero, comenzó a arrojar las monedas
y las joyas a la letrina o trataba de atinar la puntería
con las lagartijas o cangrejos que se le metían a la casa.
Cuando no encontró más
nada que hacer, empezó a recordar la película anacrónica
que había protagonizado en su vida desde el instante en que
vio a Cristóbal por primera vez hasta el día en que
lo maldijo, le deseó lepra, disentería y una muerte
lenta y dolorosa. Rebuscó en el baúl de los recuerdos
sus vestidos, sus sombreros, y cartas del ayer, se atavió
como en los viejos tiempos, pero al contemplarse en el espejo empañado
de su habitación, éste le devolvió la imagen
de un papagayo desplumado y mojado con agua hirviente que daba más
lástima que el triste actor que esperaba afuera empapado
por la tristeza y carcomido por el engaño, un patético
hombre desvencijado por la vida y vituperado por el amor.
Obstinada del encierro, del
peso de los años, de Cristóbal, de las dulces y amargas
reminiscencias, de las esperas, Marina raspaba con el cucharón
la olla del ocio, para arrancar de ella la inventiva que se había
quedado pegada en el fondo como arroz quemado. Frustrada de no poder
entretenerse con su negocio de venta de lagrimas que se parecía
al cultivo de perlas, sólo que más inhumano, y de
no poder contemplar la inmensidad de la bóveda celeste en
la que sabía nunca podría poner un pie, comenzó
a tapizar las paredes con filtraciones de su habitación con
terciopelo índigo apolillado y a clavar alfileres de cabeza
fosforescente encaramada en una escalera de mano, para recrear la
ilusión de su propio firmamento salpicado de estrellas que
su inexistente conciencia le pedía a gritos.
Siendo autora del cielo que
no conseguiría, ejecutó una maniobra que le hizo perder
el equilibrio y desplomarse en el suelo en una caída que
le trituró los huesos como si fuesen galletas frágiles
de mala calidad. Perdió el tacto y la coordinación
motora dejándolos en el aire en algún momento de la
ruptura pero conservó la lucidez que se aferro a ella hincándole
las uñas.
Cristóbal Montenegro
se quedó perplejo mientras observaba a Marina entrar a la
destartalada casa. No quería creer que ella lo hubiese rechazado
como si fuera un vejestorio inservible. Y no daba crédito
a que después de tantos años y tantas penurias atravesadas
y de haberle dicho en unas cuantas frases la historia de su vida
desde que desapareció, ella se hubiese mantenido inalterable
y más indiferente de lo que él se mostraba ante las
cosas de la vida. Le heló la sangre la mirada glacial de
Marina, y le devastó el semblante apático y rebosante
de rencor que ella reflejaba. La miraba y se preguntaba si él
había amado a la verdadera Marina y si ella había
enterrado en el olvido su recuerdo. Viéndola a los ojos,
observándola desde la ventana y escuchando las historias
del negocio de lágrimas y el posible homicidio de su esposo,
comprendió que no había amado a Marina, sino a un
espejismo. Nunca la había querido realmente porque nunca
la había conocido. Sintió el sabor de la amargura
por descubrir que todos los años que estuvo de prisionero
en un campo de concentración que prefirió olvidar,
había estado edificando castillos de naipes en el aire en
honor a una ilusión que no merecía ni un ápice
de sus sentimientos. Recordó entonces los golpes que le propinaban
los soldados nazis, la comida que recibía una vez al día
y que el devoraba con avidez sin importarle los gusanos o su aspecto
de porquería; las duchas de gas, la ironía de aquellos
malditos que les tendían la mano para pegarles un tiro en
medio de las cejas. Pensó que desayunaba, almorzaba y cenaba
Marina y que en los crudos trabajos se apegaba a su recuerdo para
mantenerse en pie. Evocó las imágenes de los que escapaban
y morían en el intento; aquellos que preferían la
muerte, a seguir viviendo así. Personas de cabezas rapadas,
uñas ensangrentadas, esqueletos forrados con delgadas capas
de piel y brazos tatuados con números. Imágenes duras
que saturaron sus sentidos pero que nunca le impidieron proteger
el sentir que le daba fuerzas en medio de sus infortunios.
Meneó la cabeza, profundamente
desilusionado sintiendo que nada valía la pena y convencido
de que Marina tampoco, pero que era muy tarde para retractarse.
No experimentó el odio, pero sí una pizca de melancolía,
como la que se siente cuando se pierde un hermoso sueño que
jamás volverá.
Marina observo la inconclusa
obra de su firmamento estrellado y sintió como su inexistente
conciencia le pellizcaba su corazón de roca, sin embrago
permanecía inflexible ante cualquier presentación
de la compasión o el arrepentimiento.
La muerte empezó a rondarle
y a torturarla para que confesase gritando como desollada que amaba
con cada partícula de su ser a Cristóbal Montenegro.
En cada graznido experimentó un extraño alivio, y
percibió que la verdad olía a humo. Luego comprobó
que su casa ardía en llamas, y el crepitar de la madera evidenció
el caer del techo que aplastaría a su persona como a una
vulgar cucaracha. En fracciones de segundos recordó un episodio
de su infancia en el que una extraña criatura de rabo pelado,
mascota de un vecino, por mala suerte había caído
de una rama al duro piso del patio de su casa, el animal había
quedado paralizado por completo, tal y como estaba ella ahora; así
mismo recordó que su abuela alimentaba y curaba a la criatura
convaleciente, y que ella en sus arrebatos pirotécnicos había
achicharrado al animal. Marina rió con carcajadas de bruja
mala de cuentos ante su suerte de rabipelado.
Cristóbal observaba
todo sentando en la arena, como si contemplase una obra de teatro,
vio a las lloronas llegar con el querosén, encender la flama
y mirar fascinadas la luminosidad de las lenguas de fuego. El sacó
una pistola del bolsillo de su desgastado abrigo, la miró,
observó la casa y así hizo varias veces pensando en
Marina que estaba tatuada en su corazón, se preguntaba si
valía la pena acabar con su vida y acompañarla en
el otro mundo. Sonrió, la amaba mucho. Luego dijo:
-“¡Por mi querida, puedes irte al mismísimo
infierno! “- y arrojó lejos el revólver. Pronunció
todo aquello sin odio, si no con la indiferencia de representar
uno de los tantos papeles que había interpretado y se había
tomado en serio, pero su apreciación no distaba mucho de
la realidad.
Las lloronas, esperaron a que el fuego se extinguiese
y encontraron entre los escombros una gran pieza de carne dorada
por las brasas, de aroma apetitoso, todas se alzaron ante el banquete
como buitres.
-¡Yo quiero la pierna!-grito la actriz que
se había escapado del manicomio.
(*) Estudiante de Ingeniería de Computación USB
Universalia nº 24 Ene-Abr
2004
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