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Julio Pacheco Rivas Coquin
Tu no puedes contigo: Y sueles aplaudirte a cada
Sandra tan solo sondeaba la viabilidad de un affaire con Sergio, pero éste, fino escapista, escabullíase con recurso a creativos ardides. Sandra insistía con repotenciados bríos de chica por lo suyo y Sergio, que sudaba igualito en cada trance como si fuera inaugural, se hiperventilaba ya, ya se taquicardiaba de no atinar el quite magistral y definitivo que librarlo habría de Sandra, la muy Sandra, la extremadamente Sandra, que no cejaba en su crónico envión. Al menos, el así lo entendía. Pero en realidad no era Sandra, que tan solo sondeaba. Era Sergio, desde lo alto de su torre de marfil, poniéndole el resto: vistiéndola de cuero negro y remaches plateados, aportándole látigo y perversa lascivia, tildándola para temerla, escapando, para adorarla a prudente distancia. Sandra cedió, que al fin y al cabo no era ceder pues a nada resistía. Sandra depuso, que no era en todo caso deponer pues nada realmente acometía; tan solo sondeaba, paseaba por el mercado, tomaba muestras, comparaba, anotaba en una pequeña libreta. Y Sergio, el muy Sergio, el extremadamente Sergio las veinticuatro horas-toda la semana, descubrióse, de repente, enamorado, e inició la contra-ofensiva. Pero Sandra detestaba los ramos de flores, los bombones, las tarjetitas; odiaba las cargas de caballería. Sin atreverse a reconocerlo, Sandra amaba a Celia, la hermana de Sergio, y al sondearlo a él, estaba, en realidad, dejando a un lado distraída su libreta de notas para acercarse a ella, que moría por un tal Pedro. |
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| Universidad Simón Bolívar. Decanato de Estudios Generales |