Julio Pacheco Rivas

Coquin

Devoto soy de ti, debo decirlo, aunque suela a menudo dudar, siempre así, como tan pidiendo peras al olmo. Devoto soy, lo repito: me rindo, me postro, tendido estoy (de cara al suelo, los brazos en cruz). Y sin embargo, picarón, miro con el rabillo del ojo el paso de los transeúntes a mi alrededor, deduzco por la zapatilla y el tobillo - que logro apenas atisbar - de la gloriosa proyección ascendente su radiante apoteosis.


Bobo

Tu no puedes contigo:
siempre lo he dicho. Crees que sí,
aseguras tener el control y, todo
destreza, manejarlo a tu antojo;
aquí, allá, así, asá... más no es
cierto: sólo te la pasas en eso de
tenderle una celada a cada vuelta
del camino, timándote en cada lance
de baraja. Los días pasan, como
siempre, en el orden debido, pero tu
te las arreglas para pervertir incluso
las fiestas de guardar, en jornadas
de íngrimo solaz, morbosas orgías
de cavilaciones perniciosas, que tan
solo apuran el paso de tus miserias
hacia horribles despeñaderos.
Desde el fondo, siempre presta, una
gran malla te hace rebotar sano y
salvo para reiniciar el ciclo.

Y sueles aplaudirte a cada
tumo, sí. Lo tomas por victoria y,
pírrico, persistes en la redondez
fatal de ser tú, ese que se cree, mas
a duras penas, en verdad, regresa
del abismo para volver a caer;
Prometeo andante con animosos
pajarracos revoloteando en torno.


Harto rosa

Sandra tan solo sondeaba la viabilidad de un affaire con Sergio, pero éste, fino escapista, escabullíase con recurso a creativos ardides. Sandra insistía con repotenciados bríos de chica por lo suyo y Sergio, que sudaba igualito en cada trance como si fuera inaugural, se hiperventilaba ya, ya se taquicardiaba de no atinar el quite magistral y definitivo que librarlo habría de Sandra, la muy Sandra, la extremadamente Sandra, que no cejaba en su crónico envión. Al menos, el así lo entendía. Pero en realidad no era Sandra, que tan solo sondeaba. Era Sergio, desde lo alto de su torre de marfil, poniéndole el resto: vistiéndola de cuero negro y remaches plateados, aportándole látigo y perversa lascivia, tildándola para temerla, escapando, para adorarla a prudente distancia.

Sandra cedió, que al fin y al cabo no era ceder pues a nada resistía. Sandra depuso, que no era en todo caso deponer pues nada realmente acometía; tan solo sondeaba, paseaba por el mercado, tomaba muestras, comparaba, anotaba en una pequeña libreta. Y Sergio, el muy Sergio, el extremadamente Sergio las veinticuatro horas-toda la semana, descubrióse, de repente, enamorado, e inició la contra-ofensiva. Pero Sandra detestaba los ramos de flores, los bombones, las tarjetitas; odiaba las cargas de caballería. Sin atreverse a reconocerlo, Sandra amaba a Celia, la hermana de Sergio, y al sondearlo a él, estaba, en realidad, dejando a un lado distraída su libreta de notas para acercarse a ella, que moría por un tal Pedro.













Directorio <    
Colaboradores <    

Contáctenos <    


  Universidad Simón Bolívar. Decanato de Estudios Generales